Seleccionar página

Cada noche se convirtió en casa en motivo de burlas a la hora de irnos a la cama. Mi marido y mi hija se mofaban de mí, él me decía, – a ver cuál es el menú de esta noche, y la niña lo seguía, – sí mami, que hoy te toque helado de chocolate con gominolas y “coque” (no sabía pronunciar cupcake). Cada velada era una chanza nueva según se les iba ocurriendo, que si me tomara un digestivo antes de dormir para que no me diera indigestión, que por qué no la invitaba a ella a la comida para probar una de las tartas especiales que había mencionado el otro día, que cuidado y los dejaba sin desayuno por mi saciedad al levantarme, que copiara alguna de las recetas… Así sucesivamente, durante las noches ellos se reían de mi cara de tensión antes de dormir y cada mañana se mofaban de mis ojeras y de mi rostro de malestar, y en esto llevábamos un mes. Cada luna soñaba que comía, daba igual las situaciones, unas noches estaba en una fiesta, otras en una reunión familiar, en una cena romántica o cualquier otro escenario, en mis sueños siempre comía, comía y comía, y llegada a un punto me sentía muy llena, pero seguía comiendo, y mi barriga se iba dilatando y sentía que no podía más pero continuaba introduciendo alimentos en mi boca, y después mis ojos comenzaban a abrirse como platos y mis mejillas se inflaban como globos. Pero yo seguía y seguía, y ya cuando estaba a punto de explotar me despertaba de un golpe totalmente sudorosa y angustiada, con una sensación de llenura estomacal como si realmente hubiese ingerido todo aquello. Así, cada noche, así durante todo el último mes sin entender qué significaba aquel sueño.

El día que mis padres vinieron a buscar a la niña para dormir con ellos fue cuando comprendí todo. Cuando el me metía con esa cuchara grande la comida en la boca, daba igual si era el ragout de ternera del almuerzo, las croquetas de mejillones del día anterior, la mousse de chocolate de la niña o los langostinos de la cena. Carnes, verduras cocidas, judías estofadas, tarta de queso, café, refrescos, todo mezclado; su mano derecha me atenazaba la parte alta del cuello junto a la mandíbula impidiéndome rechazar la comida, mis manos estaban fuertemente sujetas a la espalda de la silla donde me tenía atada. Con la izquierda sujetaba esa cuchara que hacía de embudo para introducir todo lo que habíamos ido guardando en la nevera esa semana con su pretexto de comérnoslo o regalarlo después. Sus dedos solo me dejaban espacio para tragar con dificultad lo que tenía en la boca, y cuando sentía que ya no podía o escupía la comida, soltaba la cuchara y me tapaba la nariz para que no me quedara más remedio que tragar. Los ojos de su rostro me miraban como desorbitados y con una sonrisa me iba diciendo tengo ganas de matarte así.

Mis sueños eran simplemente una premonición…

Google

Laura Vivas

Periodista y escribidora. Ante todo buscadora. Especialista en creación y corrección de contenidos online e historias gastronómicas. Veo, huelo y como, luego escribo.

Pin It on Pinterest