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Historias de una camarera

Hoy quiero contaros sobre disfrutar de la vida, tener un buen ocaso, y de la amistad con el paso de los años. Hoy quiero hablaros de unos clientes que tuve durante mucho tiempo. Obviamente no daré nombres ni de las personas implicadas ni del bar en el que trabajaba donde ocurría esto por respeto a su intimidad, pero da igual porque lo que importa es la historia.

Eran cinco señores cuyas edades rondaban los 70 años y por eso ya vivían su jubilación. Se reunían todas las semanas o cada quince días a comer siempre en el mismo sitio, iban llegando de a poco e iniciaban la conversación en la barra con una cañita o una copa de vino. Cuando ya estaban todos, pasaban a la mesa, pero ya con las bebidas se habían comido unos buenos aperitivos puesto que tenían un apetito impresionante.

No se cortaban a la hora de hincarle el diente a lo que sea y en buena cantidad, eso sí, lo que más disfrutaban era la comida tradicional, la de toda la vida, un buen plato de callos, unos riñones al jerez o una ración de rabo de toro. Terminaban con postre y café y luego se levantaban para cambiarse a una mesa limpia (o me ayudaban a recoger la que estaban usando muy solícitos) y comenzar así la partida correspondiente de mus junto a un puro y una copa de whisky. Pero lo especial de este grupo eran las conversaciones.

Con pasados políticos muy intensos, supe que algunos habían trabajado en la izquierda que había colaborado y/o configurado el Partido Comunista. Sus historias de esa época hablan de clandestinidad, luchas políticas y entresijos del poder. Luego, con el transcurrir de la vida -no conozco las circunstancias- varios de ellos ocuparon puestos ejecutivos de alto nivel y todos desarrollaron carrera en el mundo empresarial… Eran tipos que habían tenido unas vidas intensas, pero a mí lo que más me gustaba era el hábito que conservaban en sus reuniones de conversar y discutir sobre cualquier cantidad de temas.

Resultaba hasta llamativo cuando los escuchaba contarse que se habían pasado por correo electrónico una introducción a determinado asunto sobre el que discutirían el día del encuentro. Las temáticas transitaban por la política, el humanismo, la filosofía o las letras. Eran hombres con un alto nivel intelectual, que igual tenían una acalorada discusión -porque eso sí, eran muy intensos en sus debates y cada uno defendía apasionadamente su punto de vista- sobre el capitalismo en el proletariado del siglo XIX, llegaban incluso a un momento de serio conflicto porque uno defendía la política de la izquierda española con la instauración de la democracia  y el otro la de la derecha; o aportaban -por turnos, eso sí- sus conocimientos sobre el nihilismo de Nietzche. Todo esto, en medio de la comida o de “chica”, “mus” y no se qué otras palabras de las que se dicen con este juego de cartas. Uno de los mayores contaba las conversaciones que tenía con su nieta en medio de juegos infantiles, otro, el de más genio y el más bajito, relataba la reunión que había tenido en determinada empresa como asesor corporativo y hablaba después de la sesión de tango que tuvo bailando en días pasados y el más delgado apostillaba que no no podía tomar ese día su whisky porque luego le tocaba ir a la ópera y se dormiría.

Lo “mejor” era ver la cara del resto de la clientela escuchándolos hablar, porque no lo hacían bajo precisamente, todos volteaban a mirarlos en los breves momentos de acaloramiento, que ocurrían con cierta frecuencia; algunos se mofaban y soltaban comentarios del tipo “cuando me siento al lado de ellos mi cabeza sale echando humo con tanto conocimiento”, otros los veían al llegar y simplemente se buscaban la mesa más alejada para no oír los altercados intelectuales, y otros pocos de vez en cuando sostenían conversaciones políticas con alguno de ellos. El caso es que no dejaban indiferente a nadie, y ellos mientras tanto parecían no enterarse de las impresiones que despertaban puesto que estaban concentrados en sus diálogos… Con el tiempo y con el trato me di cuenta que más allá de las discusiones había unos vínculos personales muy sólidos forjados por los años y el roce, era verdad que discutían fuerte a veces, pero también había otros instantes en los que se contaban la vida, los achaques que les iban apareciendo, el porvenir de sus familiares… Lo que más me gustaba de ellos era que pocas veces se detenían a recordar tiempos pasados, porque es real que a cierta edad las personas hablamos más del pasado que del futuro. Su relación se basaba en el presente, en debatir sobre el momento actual o sobre el acontecer histórico, incluso en ocasiones tenía la sensación de que competían por demostrar quién sabía más. Hacían planes futuros, aunque siempre a corto plazo, y me sorprendía su vitalidad hasta en la época en que uno de ellos estuvo siendo tratado de cáncer. En esos días los otros lo  apoyaban y estaban pendientes de él. Y seguían jugando al mus.

Solo fallaban cuando había periodo de vacaciones o cuando no tenían quórum para echar su partida, de resto eran clientes constantes, muy amables, halagadores cuando algo les gustaba y exigentes cuando la comida no les terminaba de convencer. Eso sí, el día que iban había que hacer más comida de lo normal porque parecía que aún estuviesen en la posguerra… Nunca supe si ellos eran conscientes de lo afortunados que eran al vivir una “tercera edad” sin problemas económicos, cerca de los amigos y con salud dentro de lo que cabía, pero a mí me causaban admiración y envidia. Me gustaría tener una vejez así.

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Laura Vivas

Periodista y escribidora. Ante todo buscadora. Especialista en creación y corrección de contenidos online e historias gastronómicas. Veo, huelo y como, luego escribo.

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