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Crónicas de una camarera

Esta es la historia de un exceso. Por mi parte.

Si es la primera vez que me lees te cuento: además de bloguera, periodista y redactora, trabajo en hostelería desde hace mucho tiempo y es la razón de que exista esta sección llamada Crónicas de una camarera en el blog, aquí cuento lo que vivo, observo y aprendo trabajando en el sector.

Si es que, valgo pa’ un roto y pa’ un descosío (momento autobombo).

Bien. Hace unas semanas, un día sábado, llegó un grupo al restaurante en el que trabajo (el de mi chico, el chef) a la 1.30 de la mañana aproximadamente. Eran varias parejas de chico-chica y algunos de los hombres venían en un estado etílico un poco excesivo (que iban ciegos).

Ellas se sentaron en una mesa, ellos se ubicaron en la barra y me pidieron unas cervezas. Al poco rato llega un señor alto y bastante serio, y se sitúa justo al lado del grupo, me pide un botellín (de cerveza también). No sé exactamente qué pasó, pero cuando me fijé, los del grupo estaban discutiendo con el señor porque este supuestamente había tirado sin querer la botella de uno de ellos que estaba sobre la barra, y en vez de ofrecer disculpas le había respondido con chulería y un comentario en el que dejaba como culpable al dueño de la cerveza tirada. Versión del grupo.

Hubo un cruce de palabras y el presunto ofensor se fue con su cerveza fuera donde estaban los demás que venían con él.

Y comenzó el tema de la noche. Uno de los chicos del grupo (el que estaba más pedo) le contaba a los otros cómo el %/&$/”)$ del tío había sido un pedante al tirar la cerveza de su amigote sin disculparse. Contaba los detalles del desencuentro. Repetía. Volvía a repetir. Rerepetía, si se me permite el término. Los demás lo secundaban. Volvía a contar. Y en una de esas, creo que casi una hora después, se va fuera con los otros detrás a encararse con el supuesto chulo.

Y ahí que me fui detrás yo.

Empezaron a discutir, y yo les hablé alto para que se callaran porque estaban en la calle y los vecinos podían escuchar, molestarse y llamar a la policía causándonos un buen lío a nosotros como restaurante. Ni caso. Este estaba empeñado en que el otro reconociera su grandísimo fallo porque eraunerrorimperdonableygravísimo.

Si cada uno de nosotros viésemos grabado, aunque sea un ratito, nuestro comportamiento cuando estamos borrachos, creo que nos replantearíamos las cogorzas.

El ofendido se le fue encima con intenciones de pegarle y los demás (yo incluida) los separamos. El señor (el chulo supuesto) se fue del sitio, supongo que para evitar mayores problemas, y los ofendidos volvieron dentro… a seguir con el tema.

Yo regresé a mi lugar detrás de la barra para continuar trabajando, y los escuchaba de fondo. Que no era fondo porque el hombre ya pegaba gritos (y el local lleno) cabreadísimo explicando lo ofendido que estaba, y en una de esas el mosqueo fue tal que le dio un manotazo superfuerte a la barra bramando que debía haberle pegado no sé cuántas hostias al tío por no sé qué.

Y entonces ahí la que se cabreó fui yo.

He de decir algo a mi favor, llevábamos una semana de mucho trabajo acumulando cansancio, y esto sucedió un día sábado en el que habíamos comenzado a trabajar a las 12 del mediodía. La historia que estoy contando fue aproximadamente a la 1.30-2 de la mañana, es decir, llevaba más de 12 horas de pie currando y ya no podía con mi alma.

Y creo que fue el agotamiento lo que hizo que me ofuscara tanto.

Porque si trabajas tanto y tan duro no es justo que vengan unos imprudentes a perjudicar tu trabajo. Cuando el amiguito ofendido pegó ese manotazo gritando y todos en el local se pararon a mirar, yo solo pensé en que algún vecino podía llamar a la policía quejándose, estos se presentarían y corríamos el riesgo de ser multados o algo por el estilo.

El caso es que mi reacción inmediata a su golpe fue pegarle 4, 5 y 8 gritos con mucho, mucho cabreo… Le dije que si seguía así se largara porque iban a llamar a la policía y ellos no me iban a fastidiar la noche y el negocio (la empresa no es mía pero sí de mi chico, así que la defiendo como propia), que ya estaba con el tema y que se callara. Y no recuerdo qué más porque fue algo totalmente instintivo.

El restaurante se quedó en silencio. Mi chico salió de la cocina alarmado por los gritos para ver qué pasaba. El hombre se calló, los amigotes también y seguimos cada uno en lo suyo. Unas chicas que estaban al otro lado de la barra me dijeron que tenía razón. Pasado un rato el tío y sus compañeros me dijeron que los disculpara porque se habían excedido, pero que ese hombre bla bla bla…

De verdad, qué pesados nos ponemos con el alcohol.

También me dijo con cara de pesar que su mujer se había cabreado y no le hablaba. Le tocaría sofá esa noche.

Después se fue todo el mundo y se acabó la historia. Pero a mí me quedó mal sabor de boca. Estoy segura de que si no hubiese estado tan cansada mi reacción no hubiese sido tan violenta…

Cuando trabajas de cara al público, la llamada mano izquierda tiene que prevalecer en todo momento.

Cuando trabajas en hostelería, el cansancio te puede jugar malas pasadas.

Cuando te dejas llevar por la rabia, puede que no te guste lo que veas de ti mismo.

 

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Daños del enojo

 

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Laura Vivas

Periodista y escribidora. Ante todo buscadora. Especialista en creación y corrección de contenidos online e historias gastronómicas. Veo, huelo y como, luego escribo.

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